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MI PUEBLO Y YO

O de cómo nació y cómo pervive la conciencia de ser de mi pueblo,

Villademor, pueblo de tierra.

 

 

La conciencia de ser de Villademor apareció en mí con dolor. Surgió en la infancia, como todo las cosas buenas y duraderas, y fue como consecuencia de un descalabro. Como resultado de un "cantazo" se decía entonces. El caso es que aquel no fue, como se diría en Villademor, un escalabro* cualquiera. No fue como la herida de guerra que una vez de niño un amigo me produjo con el fido* (un juego infantil en el que con ayuda de un palo más largo se lanzaba uno mucho más corto y aguzado por los extremos) y que como consecuencia  me vi obligado a ir para casa a lavarme porque la sangre recorría con escándalo mi mejilla y mi oreja. No, el que voy a contar ahora, fue decisivo, no había sido un descalabro que un amigo produce a otro amigo en el fragor del juego más o menos de forma involuntaria o negligente. Nada de eso, fue un descalabro fruto de un lance que tuvo para mí especial significación por cuanto se había producido lejos de casa, lugar natural de refugio en el caso de ponerse las cosas feas. Fue un descalabro de consecuencias biográficas trascendentes porque con él hace aparición, como decía, la conciencia de pertenencia, la conciencia de ser de Villademor. Y fue, nada menos, que como consecuencia de una pedrada propinada, y esto es esencial, por un toralejo. ¿Que qué es un toralejo? Los toralejos eran, yo creo que ahora no tanto, si no los eternos enemigos, sí al menos los obligados contrincantes, es decir, los del pueblo de al lado, los de Toral de los Guzmanes. Nosotros éramos para ellos los villamorejos. Fijémonos que en Villademor usamos la palabra "toralejo", pero no las palabras "samillanejo" o "valencianejo". Así pues, los toralejos eran aquellos con los que teníamos que medir nuestras fuerzas de vez en cuando al balón, que no al fútbol. Entonces se jugaba más al balón que al fútbol, porque las reglas las poníamos nosotros, bueno y no sólo las reglas, también las porterías, y todas las demás rayas y normas imaginarias diferentes cada vez. El caso es que aquel día, no sé de qué año, seguramente perdimos por goleada, es de suponer. Eso sí, parece que, por el contrario, ganamos en descalabros. Recuerdo que por primera vez oí llover piedras. Por eso a mí esta frase, que la he leído después muchas veces, nunca me pareció literaria ni cinematográfica. Porque yo recuerdo con nitidez el sonido sordo que producen las piedras al caer al suelo, al rebotar varias veces y después rodar, y, por desgracia también, al golpear el propio cráneo. No sé si hubo oportunidad de volver la vista atrás, no sé si nosotros tuvimos la oportunidad de acantearles*, mi memoria quiere hacerme creer que sí, pero lo que sí tuvimos que hacer fue correr, correr mucho, y poner tierra de por medio. De modo que mientras que los que hacía unos pocos minutos habían sido hábiles futbolistas, ahora proferían insultos y el que más alto se oía era el de: "villamorejo". Lo cual es prueba de que "villamorejo" es más un calificativo despectivo que un gentilicio como se quiere emplear a veces. Pero el caso es que llegamos al pueblo, a nuestro pueblo, orgullosos no sé de qué, pero, sobre todo, orgullosos de haber hecho lo que todo villamorejo debía hacer, jugar al balón con denuedo frente a los toralejos y, si llegaba el caso, pelear, a cantazos si era preciso, como un villamorejo. ¿Qué distinto hubiese sido hoy? En los campos de hierva artificial ya no hay piedras que arrojarse, ya no son como aquellas eras en las que tanto un trillo como un rastrillo podrían hacer de portería y por supuesto había algún que otro canto, lo que propiciaba otras muchas posibilidades. Ahora en el fútbol juvenil los que se portan como energúmenos son los padres y los hijos, como es lógico, les van a la zaga.

Así estaba mi pueblo cuando yo marché de él. Vista de la iglesia y la plaza en 1979 desde la ventana del ayuntamiento.Es curioso, y a la vez necesario, la conciencia del yo siempre surge ante la conciencia del tu y, de igual modo, la del nosotros frente a la del vosotros. Pero por otra parte, todo nacimiento, incluso el de la autoconciencia, ¡quién lo diría!, parece que hace su aparición con dolor, no es un fenómeno que difiera del nacimiento de los dientes o de la rozadura de un zapato, uno no se acuerda de sus pies hasta que no le pisan. De igual modo yo no supe que era realmente de Villademor hasta que no me corrieron a pedradas precisamente por serlo y tuve que defenderme para seguir siéndolo. Porque las piedras no nos llovían por haber ganado, o perdido, no, eso era la disculpa, sino: por ser de Villademor. Esa conciencia de pertenencia, de ese modo adquirida, penetra más, arraiga en el espíritu con mayor fuerza y ya nunca muda y, aunque pueda palidecer, jamás se desvanecerá del todo. Hoy los niños de la ciudad no han podido adquirir ese sentimiento de pertenencia, por eso ya no tienen ese arraigo. Pero los niños de pueblo, al menos los de entonces, sí lo adquirimos, aunque poco después, desgraciadamente, nos vimos obligados a perderlo, y eso duele. Duele tanto o más que el descalabro, éste termina por deshincharse, pero el dolor de tener que irse perdura, se cronifica primero, pero con el paso del tiempo, estacionalmente al menos, se agudiza y, en cualquier caso, permanece.

No hizo falta que nos hiciésemos mayores para darnos cuenta de que el pueblo no nos ofrecía el futuro que merecíamos, ni siquiera el que necesitábamos. Por eso muchos, casi todos los jóvenes nacidos en los años sesenta, tuvimos que marcharnos de un pueblo que nos había visto crecer pero que, sin embargo, sabíamos que no nos podía retener porque tampoco nos podía sostener. Eso, retrospectivamente considerado, provoca un sentimiento fuerte de nostalgia tan perturbador como el de un amor no correspondido.

¡Ay la infancia!, es, como decía Rilke, la verdadera patria del hombre, porque es lo que después de tiempo siempre te reconcilia contigo mismo, porque te hace volver a los orígenes y porque en ella, aunque no nos parezca, suceden las cosas más importantes y más determinantes de nuestra vida. De hecho la infancia es la única época de nuestra vida que en realidad vivimos, después sobre-vivimos, porque en la madurez la vida la vivimos ya desde la experiencia y desde el análisis y desde la pre-visión, siempre desde una sobre-vida, o desde una vida ya vivida y experimentada y de la que nos servimos para interpretar, prever, juzgar y anticipar la vida sobrevenida. Pero en la infancia es distinto, todo en ella es nuevo, vívido y desacostumbrado. Por eso sólo eres lo que eres desde ella, incluso aunque ya hayas dejado de ser aquello que fuiste, eres lo que eres por lo que fuiste. Y yo fui, aquella vez, por primera vez y para siempre, de Villademor.

"Se es de donde se hace el bachillerato" decía Max Aub,  y es cierto, la personalidad se termina de formar a esa edad. Respecto a esto me gusta más lo que sostenía Saint-Exupéry: "soy de mi infancia como se es de un país". Eso es, en efecto, yo soy de mi infancia. Y mi infancia, y también mi juventud, son, desde siempre, eso quiere decir también para siempre, de Villademor.

 El pueblo de Villademor siempre me produce cierta añoranza, tanto cuando vuelvo a él, como cuando no puedo volver, y precisamente por esto último, porque no puedo volver, ni a mi pueblo ni a mi juventud, por eso forma parte de mí de un modo necesariamente contradictorio. Soy de allí como el niño que fue de allí, y lo seré siempre como el niño que de alguna manera pervive en mí, pero, a la vez, ya no lo soy, como tampoco soy niño, y ya no lo seré nunca, como nunca volveré a aquel pueblo de la niñez. Paradojas sartrianas del Ser y del Tiempo.

Ahora bien, antes de proseguir, yo hubiese preferido que los recuerdos que aquí evoco de mi infancia y de mi juventud no fuesen más que un conjunto de datos biográficos o históricos sin más aditamentos sentimentales. Pero nunca he podido pensarlos así, desapasionadamente. La nostalgia no parece una virtud, lo sé, pero tampoco debemos contemplarla como un defecto grave, tan sólo es un sentimiento inevitablemente sobrevenido por el recuerdo de un tiempo pasado que, como en este caso, no siempre fue mejor. Porque la nostalgia o la añoranza no siempre sobrevienen porque el tiempo pasado fuese mejor, sino porque es pasado.

Yo sé que esto que estoy haciendo es de mala educación; hablar de uno mismo, de mis recuerdos, en realidad es una especie de narcisismo emotivista, propio de malos poetas que no han sabido hacerse literatos y que rompe lo que yo llamo el "imperativo antinarcisista", ese imperativo con el que comienza Kant, como buen filósofo que fue, su libro más famoso, la Crítica de la razón pura, y que dice así: "de nobis ipsis silemus", "callemos sobre nosotros mismos". Una cita, por cierto, del Canciller Bacon. Y sí, en efecto, eso es así, está mal hablar de uno mismo, ¿y...? Pues que callarse sobre sí mismo, si escribes de otras cosas, no es callarse en realidad, el que calla sobre sí mismo también está hablando de él, aunque de otra forma, está "diciendo" de sí mismo al menos que es callado. Así que, por qué no lo contrario: "De nobis ipsis loquemur" (creo que se diría así): "hablemos de nosotros mismos". Lo decía mejor, quizá, Victor Hugo, siguiendo la vieja máxima de Epicuro, "Oculta tu vida", pero inmediatamente añadía "... y propaga tu espíritu". Bien, pues, sobre todo lo último. Por eso y para eso, el motivo principal no es otro que el recuerdo, nos interesa recordar aquellos tiempos, rememorar aquel pueblo de los sesenta y setenta y, evidentemente, no podemos hacerlo desde fuera de nosotros o sin nosotros, sin el "espíritu" que pusimos en ello y sin el hacer de nuestro entonces.

Regando habas (1980), haciendo producir un pedregal... ¡¡y lo conseguía!!Antiguo tapial con la torre y la luna al fondo. Preciosa y representativa foto que ha debido de ser hecha por José Ámez.El pueblo fue, sin duda, el lugar de mi formación integral, representa el tiempo de las experiencias y elecciones decisivas. Aquel tiempo de trabajo intenso e intensivo, de los túrgidos músculos y de las manos encallecidas por las diez horas, sí, digo bien, diez, diez horas de jornal en el andamio, mas después (¿pero quedan más horas para trabajar en el día?) las que había que sumar en el campo, y sin pedir a cambio nada más que una pequeña propina los domingos, que era, más que justa, ajustada. No había necesidad de dinero, ¿para qué? No había tiempo para gastarlo. Pero, precisamente por eso, crecimos con una firmeza moral y una presencia de ánimo incomparables. Fortalecimos nuestra voluntad de tal modo que nos hicimos inquebrantables ante el desaliento. No nos asusta ahora ni el trabajo ni los contratiempos. Villademor en aquellos años fue para nosotros como una escuela militar del vivir, como una madre putativa, como una madrastra desconsiderada. Pero eso nos hizo más fuertes o, al menos, más animosos y combativos, y, sobre todo, nos aportó una mayor firmeza. A veces demasiada según el parecer de algunos que no vivieron aquello, pero piensan así de nosotros porque hoy la firmeza ya no se tiene por virtud. ¿Cómo iba a serlo en un tiempo frívolo y hedonista como el de ahora? No, aquel tiempo era todo lo contrario. Aquello, visto desde la perspectiva actual, era indudablemente mucho más duro, áspero y severo, pero por eso ahora todo resulta mucho más agradable y mucho más soportable. Sin duda. A pesar de todo no deja de sorprenderme que aquel tiempo vivido me siga resultado hoy fundamental, sobre todo por la dignidad estoica con la que lo soporté y por la firmeza que adquirí. Además, el saber práctico que logré aprender en las obras me ha seguido sirviendo hasta hoy. Y el tiempo que trabajé en el campo, será por la distancia seguramente, hoy lo recuerdo lleno de sosiego y serenidad a pesar de ser, seguramente, más ingrato, menos rentable, pero también más tranquilo, pacífico y, si se me apura, plácido. Quizá por eso, hoy desde la ciudad, me vienen a la memoria los famosos versos del clásico Horacio que entonces me parecían frívolos.

Villademor... ¡ay! Lo recuerdo como un pueblo no sólo que vivía de la tierra, sino que todo él era de tierra. Todas sus casas eran de tierra apisonada y moldeada, tierra de tapial y de adobe, pero en ambos casos tierra ahormada contra natura, por eso el tiempo y la gravedad tarde o temprano terminaban cobrando el abuso que con la tierra se cometía. Todas las paredes eran de tierra, por dentro para embellecerlas se las enlucía de barro y cal y se las encalaba de blanco todos los años. Otras, las exteriores, se revocaban de barro y paja, que eran tierra también o de la tierra salían. Las tejas, procedentes de los tejares autóctonos, hoy desaparecidos, y fabricadas seguramente sobre las rodillas de nuestros bisabuelos para darles su misma forma, también eran de barro, que después se cocía. Nuestras bodegas, excavadas en la arcilla por nuestros antepasados, guardaban en sus entrañas, en aquel entonces más que ahora, el vino que también sacábamos de las tierras de secano a fuerza de bimar* con mula y arado y escarbar con el picón* los barcillares* del Pajuelo* o de Peñaberín*. Las calles por supuesto también eran de tierra; en invierno llenas de grandes charcos, barro y paparrucha*, en verano, en cambio, el polvo terroso y seco lo impregnaba todo, hasta nuestra piel se volvía del color de la tierra. Yo recuerdo de muy niño que el portal de mi casa, me refiero al pasillo, era aún de tierra prensada, no tenía ningún tipo de pavimento o de baldosas. ¡Hasta tal punto llegaba la escasez! Pero a mí me gustaba cuando mi madre me dejaba coger un bote preparado al efecto con un agujero por debajo y lo llenaba apresuradamente de agua y regaba el portal haciendo círculos o figurillas para que después ella, al barrer con una escoba de mijo, no levantase tanto polvo. El polvo parecía estar siempre presente en cualquier actividad. Recuerdo haber observado con asombro, pues me parecía providencial, cómo los primeros goterones de una tormenta de verano levantaban polvo al chocar con violencia contra el agostado suelo, o cómo, vista desde cerca, el agua del primer riego levantaba polvo al avanzar por el surco reseco, desconocedor todavía del líquido elemento que le habría de visitar periódicamente en lo sucesivo. Agua - Tierra, Humedad - Sequedad; la vigorosa unión de los contrarios se hacía presente de forma casi heraclítea. Pero el polvo, al menos durante el verano, era omnipresente, polvo plomizo de tierra recién cavada con el picón* o la azada, polvo rojizo de cascajo picado a picachón*, polvo amarillo de adobe levantado, después de siglos, con la pica*, polvo urticante de cebada recién trillada, polvo rebelde de rebaño que pasa apresurado y se eleva al cielo mucho más lentamente que el sonido de sus cencerros, polvo suspendido, atrapado en los rayos de sol de un atardecer naranja y cálido, polvo de tierra arada, volteada, cultivada y hollada por nuestros pies y que termina, todo él, por convertirse en polvo respirado: pues ésta espienso yo la forma que tiene la tierra de convertirse en alma, y el alma, no es metafísica lo que voy a decir, no es más que el cuerpo o, para ser más explícito, no es más que "lo que hace el cuerpo" (pues somos lo que hacemos), el cual, a su vez, como sabemos, volverá a la tierra y al polvo, como si lo semejante tendiese siempre hacia lo semejante.

En mi juventud contribuí, sin duda, a derribar muchas de aquellas casas de tierra; de tapia y de adobe. Todos los veranos, trabajando en la construcción, me tocaba derribar alguna vieja casa de las que apenas quedan ya: derribar tejados de cañizos, socalzar las paredes y picar con el picachón* el grijo*, sacar el cascajo y rellenarlo de hormigón y más arriba de ladrillo, revocar y... listo. Esas, entre otras muchas, eran las tareas comunes. Fue a partir de los quince años, digo bien, sí, quince años, cuando todos los veranos empecé a trabajar en la construcción y en el campo a la vez.

Todavía recuerdo el primer día que fui a trabajar. Había que ir en bicicleta hasta Toral, a tres kilómetros. La obra estaba en casa de la que llamaban entonces: "La Madrid", una señora ricachona y de gustos estrafalarios para mí, supongo que exquisitos para ella, que, de aquella, a mí me parecía de otro mundo. Iba con miedo, nervioso porque no sabía si podría estar a la altura. Y nunca mejor dicho, sabía que padecía vértigo, acrofobia, es decir, miedo a la altura. Un inconveniente grave para el reciente albañil. Hoy eso hubiese bastado para no trabajar, pero no en aquel entonces. Hubo que vencer el miedo sin demasiado miramiento. ¿Cómo? Es evidente, subiéndose a aquellos andamios que para mí siempre eran demasiado estrechos y se movían excesivamente. Y no sólo había que subirse a los andamios, había que andar también sobre los cuartones, tijeras y tirantes desnudos de los tejados recién desvencijados, había que pasar por las delgadas paredes, por los verales*, aleros o cumbres* que íbamos levantando. De todo ello recuerdo sobre todo el primer día. Al llegar me preguntaron desde el andamio: "¿Cuántos años tienes? Quince" contesté yo todo ufano, como si eso significase ser lo suficientemente fuerte y lo bastante adulto "¿Quince años...? Pues quince duros vas a ganar" me responden. Eso fue el verano de 1975. Lo que no sé ahora es si esos quince duros (unos 0,45 € actuales) eran a la hora o al día. Creo recordar que eran a la hora. Pero era igual, lo que ganaba no era para mí, era íntegramente para la familia. En aquel entonces lo hacíamos así. Hoy ya no se hace eso, enseñamos a nuestros hijos valores más próximos al individualismo, por no decir al egoísmo.

Recuerdo que mi primera tarea fue ir a buscar con un carretillo un saco de cemento para hacer la masa. Menos temeroso ya, pues me parecía que había logrado ser adulto en un minuto, cogí apresurado el carretillo, que no obstante al principio parecía un juguete, y llegué al cuarto en donde estaban los sacos almacenados y bien apilados. Primera sorpresa, había dos montones de sacos, uno que levantaba más que yo, de modo que el saco de arriba no alcanzaba a cogerlo y si de alguna manera lo arrastraba caería encima de mí y los dos, el saco y yo, nos romperíamos. Del otro montón, en cambio, sólo quedaba un saco en el suelo, los otros, supuse, ya se habían gastado. Y los sacos, que no tenían por dónde ser agarrados, pesaban cincuenta kilos. Era bastante para un muchacho enjuto e inexperto como lo era yo. El resultado... inevitable. Ni el de arriba se me ocurría cómo bajarlo, ni el de abajo supe cómo subirlo al carretillo. Ponía de pie el saco... se caía el carretillo, tumbaba el carretillo y acercaba el saco... no había manera de levantar el ingenio. Probé todas las formas. Nada. Maldije a Arquímedes y a todas sus leyes de la palanca, quedé sin recursos, bloqueado y sin saber qué hacer. Sentí ganas de marchar para casa, de huir de allí, me lo impidió mi orgullo y cierto pundonor incomprensible. Me inundó la rabia y la impotencia. Enseguida me di cuenta que lo de ser adulto no iba a ser cosa de un momento. Tuve que aprender mucho y hubo que fortalecer el cuerpo y el carácter, más sin duda lo segundo que lo primero. ¡Y cuánto valió, creo yo, para después! Por eso sigo pensando, ya desde entonces, que la fortaleza del alma es la principal virtud. Eso, primero, me lo enseñó la vida, después, el filósofo Espinosa me lo reafirmaría en la nunca suficientemente leída Ética demostrada según el orden geométrico, uno de los libros de relectura constante.

Pero no sólo el primer día de trabajo fue significativo para mi. Recuerdo también el último día que trabajé (al menos de forma remunerada) en la construcción. Ya llevaba haciéndolo desde los 15 años durante todos los veranos y demás periodos vacacionales. Había aprendido algunas cosas que me siguieron sirviendo para la vida y, por supuesto, no me refiero sólo a la realización de algunos trabajos de albañilería como aplomar un muro o alicatar un baño, sino a la propia actitud que hay que tener para aprender a construir. Me sirvió después para hacer filosofía. Porque a partir de ahora ya no se trataba de llavear ladrillos, sino de llavear ideas, para, de ese modo, construir edificios racionales, para construir un sistema de pensamiento. De igual modo, desde un punto de vista personal, adquirí cierta fortaleza y aplomo necesario para la vida y para ir “creciendo” éticamente.

Ese último trabajo, decía, fue en la iglesia de San Millán, en el pueblo de al lado. Había grietas en el edificio indicativas de un daño grave. Y éstas, decíamos entonces, “no tenían telas de araña viejas”, por lo que no nos hacía falta, como habría hecho un arquitecto bien formado, colocar testigos para ver si las grietas estaban activas todavía. Eso era suficiente para saber que eran relativamente recientes. Además, tenían forma arqueada, lo cual era un indicio claro de cual era y en dónde se encontraba la deficiencia: en la cimentación. Por eso se hacía necesaria una reparación urgente de los cimientos. Y con esa finalidad empezamos, no sin cierta preocupación, a socalzar los muros de la iglesia “en un tiempo fuertes, hoy deteriorados”, dicho sea con el permiso de Quevedo.

La operación era arriesgada, sin duda, y no sólo por los daños que podría sufrir el edificio, sino por el peligro que íbamos a tener que correr nosotros. Para evitar el desplome de las paredes, teníamos que ir por tramos cortos haciendo zapatas de hormigón. En realidad, haciendo la cimentación que el edificio no tenía o tenía muy deficitariamente. Enseguida nos dimos cuenta de la dificultad del asunto, porque no podíamos hacer zapatas de más de metro y medio o dos metros de ancho si queríamos evitar el colapso estructural del edifico. Pero resultó que por más que profundizábamos, a veces más de dos metros, no encontrábamos un buen firme. Seguían saliendo cascotes, trozos de teja y otras cerámicas. Eso era indicativo de que aquello no era en absoluto un buen firme sobre el que cimentar el colosal peso de aquellos enormes muros, en fábrica principalmente de tapial. Estaban recalcando precisamente por la ausencia de un suelo compacto y firme y un exceso de humedad y filtraciones, con las subsiguientes consecuencias para todo el edificio. Por eso, entre otras soluciones, sólo encontrábamos el recurso de aumentar la superficie de la cimentación, para de ese modo conseguir que la transmisión de las cargas se repartiese sobre una mayor superficie y conseguir calzar definitivamente el edificio. En algunas de las zapatas estábamos tan profundos que había que poner un caballete o una escalera para bajar o subir y, además, aquello, cuando estabas dentro, enseguida reconocías que toda la oquedad amenazaba ruina, porque se desprendían de la parte superior trozos de tierra que te daban en los hombros o en la cabeza sobre la que, por cierto, no llevábamos casco, sino una simple visera de tela. También es verdad que de haber colapsado el muro el casco no nos hubiese servido de mucho. Así eran aquellos tiempos en los que el riesgo no estaba suficientemente valorado. Hoy nadie arriesgaría tanto por tan poco.

Cuento esto porque quiero que el lector sea consciente de la situación real por la que estaba pasando en aquellos momentos. Y para mí aquel escenario no dejaba de ser temporal o excepcional, pero para los obreros de entonces era algo cotidiano. Tan pronto estabas en lo profundo de un cimiento, como otras veces había que andar por las alturas, por desnudos y estrechos muros, por andamios movedizos o por tirantes o tijeras recién colocados, pero cuando no había eso, había heladas que congelaban la arena, lluvia persistente, corrientes en los interiores sin ventanas, calor extremo que te impedía coger los barrotes del andamio para subir a él y mil penurias más. La vida, además de dura, no es segura, decíamos, pero era evidente que aquella, lo era dura sobre manera. En realidad éramos conscientes de ello, lo que ocurría era que no teníamos otra alternativa.

Bien, pues estando metido en aquella zapata recuerdo que me hacen llegar un aviso. No recuerdo bien quien fue, tengo para mí que el cura de S. Millán, D. Víctor, así se llamaba. En cualquier caso, tampoco estoy seguro de que fuese él, porque, a decir verdad, por aquel tiempo no sé si ya habría muerto, pues lo confundo con otras obras anteriores que habíamos hecho para él. En cualquier caso, lo recuerdo con cariño, era un cura chaparrejo, alegre muy activo, dicharachero y desenfadado, pero con un gran corazón. A mí me llamaba: “el universitario”.

El mensaje decía que tenía que presentarme al día siguiente en Oviedo en la Delegación de educación y ciencia con el fin de estar presente en el reparto de las plazas libres de filosofía para los institutos de Asturias. Iba a empezar a trabajar de profesor de filosofía interino en alguno de los institutos de Asturias, no sabía en cuál. Todavía no había podido superar la dura oposición por la que tuve que pasar: 98 temas, 77 plazas para toda España, sólo dos para Asturias. Porque resultaba que no valía una nota alta para superar la oposición, hubo que sacar la mejor para poder sacar plaza, no sé cómo pude haberlo logrado. A veces pienso si no hubiese sido mejor haberme dedicado a calzar zapatas mejor que zapatos. Desde luego que hubiese ganado más dinero. Estoy hablando del feliz año de 1988.

Recuerdo con absoluta nitidez cómo salí del aquel hueco: volando. No me hizo falta escalera ni empujón para subir. Incluso recuerdo que salí con la pica en la mano, como si ya formase parte de mi anatomía. La abandoné una vez estaba fuera del agujero. Fue, sin duda, una de las mejores noticias que me habían dado en mi vida. La más esperada al menos. Porque en nada había puesto tanto empeño como en eso. Y no tanto por la noticia en sí, sino por lo que iba a dejar atrás. Sabía que me iba a transformar la vida, algo por lo que llevaba luchando denodadamente tiempo. Muy pocos estudiantes saben hoy lo que es afanarse en un trabajo como aquel, esforzado y mal pagado, y, a la vez, estudiar, que es algo no menos esforzado. Dormirse alguna noche encima de los apuntes y de los libros mientras preparas la oposición y, a la vez, por si fuera poco, la tesina, y despertarse a media noche ante todo aquel saber aún no asimilado. Siempre me resultó relativamente degradante tener que haber pasado por aquello, pero ahora me parece ejemplar la entereza moral con la que lo resistí. Como siempre digo: era un estoico sin saberlo.

Lo cierto es que salí de allí movido como por un resorte, y no sé siquiera si volví o no la vista atrás. Quizá me pareciese arriesgado hacerlo no siendo que todo el futuro se convirtiese en sombra, como le pasó a Orfeo con Eurídice cuando la estaba rescatando de las profundidades del inframundo, del Hades. Por eso, no se puede decir que saliese de allí, más bien huí. Si algo tenía claro era que no quería volver.

Cambió mi vida, es cierto, pero porque me había empeñado en que cambiara. No sin cierto pesar para mi padre, que, aunque nunca me lo dijo, hasta ese punto amaba la libertad y la independencia de sus hijos, le hubiese gustado, al menos en parte, que hubiese seguido en aquel trabajo en el que me veía con futuro y con valía. Y seguramente no le faltaba razón. Porque era un trabajo que hoy, desde la perspectiva que te brinda la distancia y la experiencia de la edad, era muy digno pero también muy esforzado, y en aquel entonces bastaba con tener ciertas nociones de geometría, dicho sea en su sentido genérico, para poder salir adelante con dignidad.

Resultó entonces que a los dos días ya me tuve que presentar en un instituto de Asturias. Me tocó uno de la cuenca minera, cerca de Mieres, en Moreda de Aller. Cuando llegué al pueblo quedé desolado, estaba situado en un profundo valle en el que mirase para donde mirare la vista chocaba de cerca con grandes montañas, el sol se dejaba ver al menos una hora más tarde de haber salido. No había para mí horizontes reconocibles en aquel pueblo. No obstante, la gente, aunque ruda, era noble y alegre y los profesores una gran familia, una familia entrañable y de ellos aprendí mucho y me sentí muy a gusto entre ellos. Se lo agradeceré toda la vida. En cualquier caso, al menos geográficamente, me sentí otra vez metido en la zapata de la que recientemente había salido, estaba en otro pozo igualmente pero indudablemente mucho más a gusto. Distinto pero no distante del de los mineros, que estaban metidos bajo tierra, justo por galerías que discurrían por debajo de nuestros pies. Con todo, no quería estar en aquel pueblo, pero resultó que pasé allí la mayor parte de mi vida profesional, 24 años nada menos.

Y recuerdo también el primer día de clase. Me presento al director y él, muy correcto, enseguida, casi antes de abrir yo la boca, se da cuenta de que soy absolutamente novato. ¿No has dado clase antes? -me preguntó-. Bueno, he dado clases particulares, he hecho las prácticas, he… no, en realidad no. No hubiese sido necesario responder así. Él lo sabía, por eso me dio todo lo que a él le pareció necesario para empezar en el momento: un cuaderno de notas del profesor, un plano del centro con la ubicación de cada una de las aulas a las que habría de acudir cada día y mi horario de clase. Después de estar acostumbrado a trabajar diez horas diarias, aquel horario me parecía un paseo. Pensé: ¿cómo me van a pagar por hacer sólo esto? Impartir 18 horas lectivas a la semana. Trabajaba antes más en dos días, que ahora en toda la semana, pensé. Estaba tremendamente equivocado. No me daba cuenta de que había que estudiar mucho para lograr enseñar poco. Y recuerdo también dos cosas que aquel buen hombre, buen profesor y buen director me dio; una, el porta-tizas que me regaló y que todavía conservo y uso hoy en día y los consejos que me brindó: ten en cuenta que tienes que tratar con dignidad a los alumnos, incluso aunque algunos de ellos parezca que no se lo merezcan. Si, además, puedes tratarles con afecto, te irán mucho mejor las cosas, porque nunca sabes lo que aprende de ti un alumno. Y así lo he hecho durante más de treinta y tres años que llevo en la palestra y nunca he tenido necesidad de poner un parte de disciplina a ningún alumno. Y me dijo también otra cosa que me sorprendió un poco: “¿quieres que suba contigo al aula para tu primera clase?”. Se ve que me vio realmente novato, nervioso, quizá asustado. Lo pensé durante unos segundos y dije: “no, prefiero ir yo sólo. En realidad no me arregla demasiado que me acompañe por primera vez porque, ¿qué hacemos con mi segunda clase, me acompaña también? No, creo que debo ir yo solo”. Sin duda hice bien.

Y así fue, pero ocurrió una cosa curiosa y que siempre me ha parecido ilustrativa de aquel cambio que estaba ocurriéndome. El instituto había sufrido durante el verano una pequeña remodelación, habían tabicado algunas aulas muy grandes y creado otras más pequeñas para cubrir las necesidades que tenían de alumnado. No habían acabado del todo las obras cuando empezó el curso, quedaban los remates. De tal modo que cuando me dirigía al aula a dar mi primera clase, todo ufano, con los libros debajo del brazo, con cara de sabérmelo todo, con el ánimo resuelto y el convencimiento de no volver otra vez a las recién abandonadas zapatas, me encuentro a un joven obrero, agachado en un pasillo junto a una caldereta y con una espátula colocando todavía el zocalillo, el rodapié, del tabique recientemente levantado. Según pasé, me miró desde el suelo y yo también le miré. Tenía más o menos mi edad, quizá algo más joven que yo, no mucho más, y quise pensar que pensó que qué suerte tenía de calzar zapatos, de no arrastrarme encorvado sobre el suelo al lado de una caldereta y de no mancharme las manos con un cemento que quema la piel. Eso sólo lo sabe el que lo ha tocado a menudo. Y pensé por un momento en decirle algo que no le dije: “si supieras que antes de ayer yo estaba en una situación similar a la tuya…”. Quién sabe si me hubiera creído. En cualquier caso, no se lo dije. Sólo le saludé, como es preceptivo y supuse que supuso que quizá yo fuese un niño pijo con una suerte inmerecida. Qué más daba ya. Porque enseguida comprendí que mi vida acababa de cambiar para siempre en la dirección que yo había querido que cambiara. Había logrado un trabajo que no sólo me iba a formar, sino a transformar. En cualquier caso, un trabajo que me hacía, me hizo y me sigue haciendo feliz.

Jose Isaac Miguel Ángel,... siempre con nosotros en el recuerdo Antonio Yo mismo, Salvador Mis amigos y yo en 1981Pero, volvamos atrás de nuevo, vayamos al tiempo de la juventud que pasé en el pueblo. Fue  el tiempo, no obstante, de las grandes diversiones, no exentas de alguna gamberrada. Fue el tiempo de aquellas meriendas en las bodegas en las que era trascendental decidir previamente si las hacíamos con chicas o sin ellas, aunque, en cualquier caso, siempre las hacíamos. Era cuando todas las noches después del trabajo nos reuníamos en el Jardín, detrás de la iglesia, hoy día estropeado para siempre por una política municipal urbanita sin sentido. ¿Quién no recuerda aquellas conversaciones vespertinas bajo los plátanos y castaños atiborrados de gorriones que buscaban con gran algarabía y confusión un sitio para dormir? Al día siguiente había que madrugar para trabajar duro de nuevo, pero no importaba, lo aguantábamos yo creo incluso sin necesidad de resignación, éramos estoicos sin saberlo. Creíamos que la vida era así, pero en realidad no la veíamos tan severa como la vemos ahora desde la distancia y el recuerdo. Teníamos como referencia la de nuestros padres que había sido mucho más dura, teníamos conciencia de que habíamos mejorado, ¿qué más íbamos a pedir entonces?

Eduardo y yo (Salvador) calentando callos en la bodega (1976-77 ¿?)Legendaria excursión en bicicleta a La Bañeza (1976-77 ¿?).Listos para ir a merendar a las bodegas (1976-77 ¿?)Ya en las bodegas. Era interesante obserbar cómo en una pandilla el amor separaba tanto como unía. (1976-77 ¿?)Casi todo el mundo con el que hablo recuerda su adolescencia con cierto menosprecio, o al menos habla de los adolescentes o de los jóvenes actuales con cierto desdén, desconsideración o displicencia. Yo no la veo así. Aquella adolescencia yo la recuerdo todavía como una etapa limpia, moralmente encomiable y meritoria, y más en aquellos tiempos nada fáciles que nos toco vivir. Es más, yo mantengo que es muy difícil hacerse mayor sin hacerse peor, y digo "peor" en el sentido moral. En aquella adolescencia, en absoluto parecida a la de ahora, pues no era nada competitiva, estaba libre del peso del futuro, no nos había dado tiempo a aprender demasiadas maldades. Éramos buenos chicos aunque sólo fuese por falta de entrenamiento en los ardides en los que te va instruyendo la vida. Es cierto, fue un tiempo en donde todo era nuevo, atractivo, intenso y radical. Fue el tiempo de la pandilla, de las amistades que parecía que iban a durar toda la vida, ¡o más! No nos dábamos cuenta de que a veces es la vida la que no perdura aunque permanezca la amistad: ¡va por ti Miguel Ángel Fernández!. Fue el tiempo del club CAU (Club de Amigos Unidos), ¡qué nombre más ingenuo! El primer club juvenil logrado en Villademor y, además, sorprendentemente, con el beneplácito de D. Eloy, un párroco singular que nos donó un cuartucho en los aledaños de la iglesia, algo que no nos quiso procurar el Ayuntamiento predemocrático y siempre caciquil hasta aquel entonces. Y allí fue donde tuvimos el primer contacto con la bebida. ¡Pensar que bebíamos mistela con ginebra que comprábamos en Casa de Hipólita!, ¡hay que ver, qué mezcla!. Algunos aprendieron a beber aquella "dinamita" o a no beber, según los casos, y otros, los más escasos, además, a ligar. Pero todos aprendimos lo que era la amistad. En aquel recinto de la iglesia, lleno de goteras, nos refugiábamos del rigor del invierno, aunque era igual, dentro todo el recinto rezumaba una humedad casi enfermiza. A pesar de todo allí hacíamos nuestras fiestas, principalmente en el verano, y allí empezamos a conocer el intrincado arte, siempre inmaduro, de las relaciones amorosas. Allí todavía pensábamos, desde nuestra recién estrenada pubescencia, que el amor y la felicidad no engañan. Pronto aprendimos que el desengaño, incluso el amoroso, precisamente porque es des-engaño es conocimiento, sí, pero ¿es felicidad? ¡Aprendimos tantas cosas! Ya no recordamos cuántas, ese es el error de la madurez, que nos olvidamos de lo que ignorábamos y nos olvidamos también de que los errores que cometimos fueron necesarios, tan necesarios algunos como los que seguimos cometiendo ahora. Por eso es inútil arrepentirse de ellos, el arrepentimiento, en cualquier caso, nunca es virtud. De todos modos el problema urgente que teníamos en aquel momento yo creo que era completamente prosaico, ahora lo veo con cierta claridad, lo que nos urgía no era en realidad más que un problema de tacto, o si se quiere, un problema de contacto, de contacto amoroso claro está. Aquello que decía el romántico Musset: "el beso es el contacto de dos epidermis y la fusión de dos fantasías". No teníamos experiencia amorosa,  por eso lo que nos urgía era muy primario, el contacto de la piel, de la piel tomada como frontera mutua recíprocamente inexplorada todavía. Eso era, eso creo que era, no más. Pero eso no ha de parecernos poco, al menos para un adolescente. Y todo pretendidamente... en una iglesia. ¡Qué curioso! Dicho así suena extraño, casi impío o, al menos, irreverente para aquellos tiempos.

Abundando en el problema del tacto y del contacto, recuerdo también por aquel entonces, no debía de tener yo más de quince años, cuando un vecino muy viejo que acostumbraba a pasear arrastrando sus raídas zapatillas por la calle el Arrabal buscando el cálido sol de invierno, y de cuyo nombre voy a hacer que me olvido, un día que yo salía de casa con cierto aire seguramente de suficiencia adolescente, me abordó y, de forma burda me preguntó: "¡Oye chico! ¿Tu has mojado ya el pizarrín?". La pregunta me pareció tan inesperada, tan impertinente, tan grosera incluso, que no salía de mi asombro. La sorpresa, el aturdimiento y la timidez patológica de niño que aún conservaba me hizo contestar enseguida: "Nooo", dije enfática y apresuradamente. Y, cuando yo esperaba una respuesta grosera acorde con la pregunta, sin embargo, él añadió algo que me sorprendió más aún y que todavía lo recuerdo, sin menosprecio: "Pues que sepas una cosa, chaval, dijo que la primera vez siempre sale mal... y no hay manera de mejorarla... bueno... sólo cuando la cuentas después a los amigos". Yo no supe qué contestar. Hice el ademán de marchar... me sentía incómodo, pero realmente yo no sabía si aquel hombre estaba hablando de mi futuro próximo o de su lejano pasado. Lo cierto es que en el intermedio de mi indecisión, después de dar unos golpecitos en el suelo con su delgada cacha* en la que apoyaba su notoria vejez, añade con la actitud propia de un sabio epicúreo pero, a la vez, con cierta resignación de viejo estoico: "Bueno..., y no sólo la primera sale mal,  también la última, la cual, por cierto, sí que es realmente imposible mejorar". ¡Qué curioso! Enseguida comprendí que aquel hombre tenía tanta edad como para saber qué ocurre en las dos experiencia sexuales extremas de la vida, la primera y la última. Eso me ha seguido llamando la atención durante años.

¡Cuánto quedaba por saber! Sobre todo por saber de la vida. Fue el tiempo también, por supuesto, de los amores de verano, que no por cortos eran menos intensos y apasionados. Amores casi siempre mal acabados, porque comenzaban fogosos, casi desmedidos, tormentosos a veces, vehementes y sinceros siempre, por eso parecían inmarcesibles, pero, sin embargo, acababan necesariamente languideciendo y desvaneciéndose como se acababa el verano. Se marchaban las chicas, los veraneantes todos, los forasteros como los llamábamos entonces. Alguno, no obstante, terminaba un poco más allá del otoño por medio de alguna carta, llena de faltas de ortografía, o por ausencia de ella, que de todo había, pero ninguno de aquellos amores permaneció en el tiempo, lo cual demuestra que eran todos amores inmaduros. Y, en efecto, no podían ser de otra manera, porque así éramos nosotros, inmaduros y, claro está, según se es, así se ama. Eso, más o menos, es lo que dice Ortega. De modo que si uno es un inmaduro uno ama como tal, como un torpe adolescente. No obstante, este principio creo que sigue siendo valido para las demás edades de la vida, de modo y manera que podemos hallar en la relación amorosa, mejor que en ninguna otra relación, el ser más propio y definitorio de las personas. Dime cómo amas y te diré cómo eres. Un principio que dicho a la inversa también debe de ser válido. No obstante, aquellos amores sí que nos sirvieron. Nos sirvieron para aprender a conocernos, algo imprescindible, ¡qué duda cabe! Y eso, no otra cosa, es lo que perdura de ellos. Porque enseguida fueron olvidados o sustituidos, o quizá olvidados porque fueron sustituidos.

La urgencia de vivir pudo con todo aquello, resultó más fuerte, y, antes o después la mayoría tuvimos que irnos, unos a proseguir nuestros estudios, otros a buscar trabajos más dignos, pero resultó que nos separamos todos de todos y todos echamos raíces lejos, fuera de nuestra tierra. Fue, creo yo, un tiempo en el que no importaba el tiempo, no mirábamos al pasado. ¿Cómo íbamos a mirarlo si no lo teníamos? El pasado, si lo había, era el de nuestros padres o el de nuestros abuelos que nos lo relataban. Bastaba con eso, pues era un pasado mucho más duro que el nuestro, por eso nuestra situación no nos parecía del todo mala. El futuro, en cambio, sí era nuestro, ¡pero nos parecía tan lejano... tan incierto... era inimaginable!, por eso casi todos nosotros tuvimos que construírnoslo fuera, y la mayoría lejos. Así pues, aquel tiempo, fue el tiempo del tiempo presente, sin pasado... sin futuro... ¿Un tiempo feliz? Quizá. Retrospectivamente considerado sí lo parece, al menos por aquello de que cualquiera tiempo pasado "parece" mejor, o quizá porque uno se ve tanto más feliz cuanto más cerca se sitúa del desconocimiento, de la inconsciencia o incluso, por qué no decirlo, de la imbecilidad. Pero uno no puede deshacerse de su tiempo, ni aunque éste sea un tiempo pasado, uno también es lo que fue. Por eso aquel pasado de alguna manera permanece presente en mí, y no sólo porque lo tengo presente en mi memoria o lo hago presente ahora, sino porque de una u otra forma sigue actuando en el presente, por eso permanece. Porque el tiempo, si lo pensamos bien, no pasa, los que pasamos somos nosotros, curiosamente siempre podemos decir que estamos en el ahora, siempre estamos anclados en el presente, el ahora nunca falla, siempre puedes decirlo, es un presente que permanece siempre, pero que sin embargo nunca es el mismo. El tiempo, en ese sentido es como la tierra, como nuestra tierra, siempre está ahí, permanentemente presente, porque nada permanece como la tierra. Villademor, pueblo de tierra.

Salvador Centeno Prieto

Nada permanece como la tierra

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