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Nuevo libro

La vicaría de San Millán y el motín de Villademor de 1766

Salvador Centeno

 

 

PRÓLOGO

   

1.- Prólogo en primera persona

Nº.- 2

Hace ya algunos años que tenía noticia de la existencia de estos sucesos acaecidos en San Millán y Villademor y que aquí vamos a investigar. Algo de ello relata ya Ramón Gutiérrez Álvarez en un libro del año 2010[1]. Sin embargo, fue en el verano del 2020 cuando, accidentalmente, mi hermana Elena, que también se interesa por los temas religiosos, pone en mis manos el libro del sacerdote asturiano Juan José Tuñón Escalada, que reserva bastantes páginas de su Tesis, dedicada al obispo Agustín González Pisador, a estudiar de forma pormenorizada los hechos que aquí vamos a relatar. Se trata de un monumental y riguroso libro de casi novecientas páginas, prestado por el propio autor y que, en pago de su generosidad, me he visto obligado a leer. De hecho, es el libro que voy a tomar como hilo conductor y que voy a seguir casi en todo lo relativo a los hechos, aunque, sin duda, pueda diferir en sus interpretaciones[2]. Por tanto, sepa el lector que en cuanto a la res gestae, es decir, a los acontecimientos, no voy a decir nada nuevo, pero sí voy a seleccionar, interpretar y comparar algunas cosas. Voy, en definitiva, a dar otro enfoque, mirar las cosas desde otra perspectiva. Principalmente con vistas a que sean leídas y entendidas por los que se interesan por Villademor y San Millán. Pueblos, por cierto, que, aunque de facto ya lo están, de iure deberían estar hermanados o incluso, si eso supusiese algún beneficio, unidos en un solo municipio.

He de advertir que esta historia, dicho sea en el sentido etimológico de la palabra[3], viene determinada desde su inicio por ciertas limitaciones que no dejan de ser importantes y ciertas pretensiones que definen y establecen el horizonte de este trabajo, a saber:

En primer lugar, me he impuesto una restricción intencionalmente temática, pues quiero centrarme en aquello que tenga que ver con mi pueblo: Villademor de la Vega. Pero centrarme no quiere decir excluir el resto de los acontecimientos, lugares o instituciones. Si así fuese estaríamos intentando mostrar una historia exenta y por tanto imposible. Porque lo que ocurre en Villademor, si es históricamente relevante, lo es porque no tiene sólo que ver con Villademor. Si podemos historiarlo es porque lo que vamos a relatar está enmarcado políticamente en la estructura de un Estado y trasciende el propio pueblo. Usamos aquí “pueblo” en el sentido del “pagus” o “rus” latino. Por tanto se podría decir que, en rigor, no hay Historia[4] sin Estado. En este caso tampoco, porque el litigio que aquí voy a investigar llega hasta las más altas instancias del Estado y de la Corona. Y, como es lógico, tiene sentido sólo si lo enmarcamos dentro de los parámetros históricos propios de esa época por la que está pasando el reino de España. De hecho, no se podría entender si no se tienen en cuenta las intrincadas relaciones del Estado con la Iglesia católica, de tal modo que será en la fricción que producen estas relaciones donde, como veremos, aparecerá el problema y, curiosamente, también la solución.

En segundo lugar, he de advertir también que la investigación no va a tener la profundidad científica requerida porque no he tenido oportunidad de visitar el Archivo histórico nacional, ni el Archivo diocesano de León, algo que considero imprescindible para lograr el máximo rigor. Tampoco he hecho un barrido exhaustivo por toda la bibliografía de referencia, ni he tenido ocasión de confirmar ningún dato visitando y revisando otros archivos diocesanos o el propio archivo de la iglesia de Villademor, tarea ésta última que quizá hubiese sido más difícil que la visita a los anteriores. Por tanto, voy a seguir principalmente el libro citado y unos pocos artículos que he encontrado por internet. Sobre todo el de Justo García Sánchez, “Conflicto de competencias entre el Obispo de Oviedo y el vicario de San Millán: 1760-1767”. Brigecio, Revista de estudios de Benavente y sus tierras, n.º 9, 1999, págs. 111-130[5]. No pretendo, pues, ser exhaustivo en este trabajo, pero tampoco quiero perder un mínimo de rigor que considero necesario. Por eso no he renunciado a las citas y a las notas que me agradecerá más el historiador que el lector no especialista. Esto lo hago por placer, es cierto, no por sentar cátedra, pero no lo hago para entretener o entretenerme simplemente, sino por ir conociendo o, se podría decir, para ir historiando, en lo posible y en la dirección que he señalado, el pasado de Villademor en aquello justamente que trasciende al propio pueblo.

En tercer lugar, puede resultar pretencioso decirlo, pero no me ha movido, al menos de manera consciente o intencionada, ninguna motivación ideológica, localista o regionalista[6]. Tampoco he querido dejarme llevar por el emotivismo o el moralismo ideológico, omnipresente actualmente en todo este tipo de escritos históricos[7]. Tampoco he pretendido hacer “memoria histórica” o “memoria democrática”, nada más alejado de mis intenciones. He pretendido realizar simplemente una investigación, que, como ya he dicho, es lo que significa etimológicamente la palabra historia y, por lo tanto, he tratado de relatar una historia concreta acontecida en un lugar y en un tiempo muy determinados, aun dentro de las limitaciones que he mencionado. Hacer, como se dice ahora, memoria histórica o historia democrática sería incurrir de forma imperdonable no sólo en una contradictio in terminis, sino en un imposible. La memoria es un concepto psicológico y por ende personal. De modo que los límites de la memoria son los límites psicológicos o biográficos de la persona. La Historia, en cambio, es una ciencia humana que, con todas las limitaciones que se quiera, pretende ser objetiva y que para lograrlo no ha de basarse precisamente en la memoria más que lo hace la química o las matemáticas. La memoria, bien lo saben los psicólogos, es parcial, interesada, selectiva y a veces incluso caprichosa. En lo que debe basarse toda Historia es principalmente en lo único que nos queda en el presente del pasado: en reliquias y relatos. Dicho de otra forma, en monumentos y documentos. Por otra parte, hacer historia democrática sería tanto como pretender hacer “matemáticas democráticas”. La democracia no se inventó para la adquisición, exposición o fundamentación del saber, sino para controlar el poder. Y, ciertamente, en rigor, aunque este relato va del control del poder, es, como veremos, poco democrático. En realidad en la historia ocurre lo mismo que en las matemáticas, éstas no pueden ser democráticas, en ellas no existe la libertad de pensamiento, los resultados de las operaciones se nos imponen. Aquí ocurre algo similar, los resultados, sin perjuicio de que puedan ser interpretados de una u otra manera, son los que son, aquellos donde nos lleve la investigación.  

En cuarto lugar, pretendo, quizá influenciado por mi oficio, darle también un cariz didáctico y comprensible, sin perder, como decíamos, el rigor científico. He pensado que el trabajo debería poder ser leído y entendido por cualquiera de mis paisanos villademorenses. Por eso a veces me detengo a explicar, me extiendo haciendo excursus y recuadros explicativos o me sirvo de algunas ilustraciones. Quien considere que esto es excesivamente simple que piense que para otros no estará de más. Como no se trata de un artículo académico propiamente dicho, no he querido perder la oportunidad de hacer mis propias interpretaciones que sólo el lector juzgará si son coherentes, prudentes o ajustadas al rigor científico.

Y en último lugar, he de advertir que esta investigación estará determinada por el hecho de que yo no soy historiador en el sentido clásico de la palabra, y, por tanto, no conozco en profundidad, sólo lo imprescindible, la historia de esta época ni de esta zona. Por eso, si se encuentran errores, y seguro que los hay, sólo yo puedo ser el responsable de ellos.

Por todo lo dicho, será ésta una investigación relativamente limitada, pero no por eso creo yo que sea inútil ni infructuosa. Espero que al menos sirva de estímulo para que un historiador de verdad, quién sabe cuándo, quién sabe quién, se decida a continuarla criticándola y modificándola en su justa medida. Quiero pensar que pueda llegar a ser un villademorense, más instruido y lúcido que yo en estas lides, el que termine haciendo una investigación, es decir una “historia”, más en profundidad. Pues, sea.

* * *

Un último detalle: esta historia que voy a desarrollar aquí es, sin lugar a dudas, una historia religiosa, dicho sea en el sentido etimológico. Porque si el término “religión” viene de religare, que significa estar religado, es decir, estrechamente ligado a algo (se presume que a alguna figura numinosa, a Dios) observaremos que la mayoría de los personajes que aquí se citan están, en efecto, muy ligados, pero muy ligados sobre todo a su cargo, tanto que no son capaces de desligarse de él. Porque el que no pretende vivir indirectamente del trono, es porque ya vive directamente del altar.


 


[1] .- Gutiérrez Álvarez, R.; Villademor de la Vega. Historia, cultura, arte. Ed. Kadmos, Salamanca, 2010, p. 104 y ss.

[2] .- Tuñón Escalada, J. J.; D. Agustín González Pisador, obispo de Oviedo (1760-1791). Iglesia y sociedad en Asturias. Ed. Real Instituto de Estudios Asturianos. Oviedo, 2000, 878 pp.

[3] .- La palabra “historia” en español viene del griego ἱστορία [historía] que significa no otra cosa que investigación. Atengámonos pues a la “historía”.

[4] .- Se suele emplear el término Historia, con mayúscula, para referirse a la historiografía, al relato escrito. En cambio, se suele emplear con minúscula para referirnos a los hechos acaecidos, a la res gestae, a las cosas acontecidas, a las hazañas o hechos gloriosos.

[6] .- Observo que muchos de los trabajos historiográficos y periodísticos, del mismo cariz que éste, están impregnados en muchos casos de cierta ideología regionalista, localista cuando no nacionalista o incluso independentista. Además, suelen estar trufados, supongo que inadvertidamente, de una moralina valorativa cuando juzgan los acontecimientos históricos.

[7] .- Nos referimos principalmente a  este movimiento omnipresente de la perspectiva de género. Todo quiere ser visto desde la nueva perspectiva de género, lo cual no está mal en principio, pero se suele hacer a consta de cometer el mayor de los pecados que no debe cometer nunca un historiador: el anacronismo, atribuyendo con ello ideas, ideologías o creencias a personas o épocas que no podían haberlas sostenido o, por el contrario, “culpar” a los antepasados de no haber tenido las ideas, ideologías o creencias que el historiador tiene ahora. Así nos encontramos con dislates prejuiciosos como que tal personaje histórico era machista, o esclavista... como si en su tiempo pudiesen no haberlo sido. Pongo un ejemplo radical, pero que todo el mundo entenderá: ¿Por qué Jesús, el Jesús histórico se entiende, fue esclavista? No luchó contra la esclavitud, la asumió. Mutatis mutandis lo mismo se puede decir de los hombres de los que hablaremos aquí: no juzgaremos su ideología desde la nuestra, en todo caso intentaremos comprenderla.

 

 

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