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PRESENTACIÓN

EL MITO FUNDACIONAL DE UN PUEBLO MEDIEVAL

"Villam de Amor"

 

 

Villademor visto desde las bodegasCorrían los años sesenta, y de aquella corrían todavía despacio, cuando, siendo aún un niño, escuché una leyenda singular de labios de un sacerdote no menos singular, que hablaba de los orígenes de mi pueblo: VILLADEMOR. La historia es, sin duda alguna, absolutamente literaria, completamente ficticia, fantástica, casi más bien fantasiosa. Pero sirvió, creo yo, para que permaneciese en mí el interés por saber cuáles habrían sido los orígenes de mi pueblo. ¿Por qué ese nombre? ¿Por qué Villademor? Sin duda se trataba de un nombre muy sonoro a la par que sugestivo. Pero, ¿a qué aludía dicho nombre?

Parecía evidente, incluso para un niño de quizá no más ocho o diez años, que el pueblo había tenido un pasado memorable, notorio y, en cualquier caso, digno de conocerse. Todos nos habíamos preguntado alguna vez para qué habría servido aquel rollo, que nosotros llamamos la "Mona", en el que jugábamos diariamente al marro. O qué nobles señores habían vivido en aquellas casas blasonadas con aquellos escudos de armas, que de niño nos parecía debían obedecer a un pasado seguramente tan noble como glorioso. O aquella majestuosa iglesia, que indudablemente tenía que significar que el pueblo había tenido que ser más próspero en otros tiempos pasados que en los de entonces, que evidentemente no lo eran en absoluto.

Intentaré, después de tantos años, relatar aquella historia sobre los orígenes de Villademor tal y como llegó a mis oídos de aquel cura de pueblo, de aquel pastor de almas, y pastor también de otras cosas de no menos valor para él, y que no sé de que fuentes, si no fue de su propia imaginación, pudo haber sacado:

Existió, según el parecer de nuestro narrador, un mozo plebeyo de Villademor que se enamoró perdidamente de una dama del pueblo de al lado, de San Millán de los Caballeros. Era ésta de alta cuna (no hubiese valido que fuese de baja estofa), y, no pudiendo llevar a cabo el casamiento por ser cada uno de familias tan distintas y de clases tan distantes, el aguerrido mozo la raptó y se desposó con ella en secreto en Villademor. Sin embargo, enterado el padre de la novia, Caballero de poder y de recursos, despechado por un hecho tan insospechado como irreparable, hizo que la Justicia prendiese al mozo y le condenase. Es posible que fuese el despechado padre quien hiciese construir la mona para que delante de ella, !quien sabe también si de la moza¡, le aplicasen al mozo una tunda de latigazos y, posteriormente, para mayor escarnio si cabe, fuese ajusticiado también públicamente allí mismo. Y es desde entonces que nuestro pueblo se llama “Villa del amor”, y con los años dicho nombre evolucionaría a "Villademor". Después de aquel suceso se convirtió en una villa independiente, pero en sus orígenes "no había sido más que un arrabal de San Millán" e incluso, añadía el eclesiástico informador, que tal pueblo, es decir, San Millán, había tenido murallas y que todavía se podían ver sus restos entre lo que llamábamos entonces, no sé si ahora, el "Pico Melón" y el “Redondino”, o quizá era un poco más allá, en Carremor, no lo recuerdo con claridad, ¿quién lo sabe? Lo que sí recuerdo es que días después de haber escuchado aquella singular historia, cuyos hechos se supone  habrían sucedido en las postrimerías de la Edad Media, cuando tuve ocasión, me acerqué con mi caballo..., quiero decir mi bicicleta, hasta el Redondino, y pude confirmar con mis propios ojos, quiero decir mis ojos de niño, que no parecía del todo descabellado lo que aquel sacerdote tuvo a bien contarnos aquella tarde dominical de invierno y, como era preceptivo, de rosario. Pues al lado de las tierras de labor se dejaban ver ciertos muros desvencijados por el tiempo, creo recordar incluso que eran muy gruesos, como era de esperar para una muralla. Eran, sin embargo, de ladrillo. Algo insólito me pareció, pues yo hubiese preferido unas murallas de piedra. Pero no, no cabía duda, aquellos restos eran los restos de las murallas del pueblo limítrofe: San Millán, que por algo era ...de los Caballeros. En cualquier caso, las únicas objeciones que recuerdo se me ocurrieron entonces fueron: ¿cómo las murallas de un pueblo podían estar tan lejos del propio pueblo?, a la vez que, ¿cuándo un simple núcleo rural tuvo murallas? Sin embargo, no hicieron esos detalles demasiada mella en la consolidación de aquella leyenda como una historia verídica, pues había quedado ratificada por el peso de unas pruebas arqueológicas evidentes y manifiestas.

Escudo de la casa de los OrdásPor todo ello, porque eran aquellos años, porque teníamos aquellos años, aquel relato pasó, para mí, de la categoría de leyenda a la de hecho histórico. No importaba que hubiese sido corroborado mediante aquel proceder pseudo-arqueológico propio de un niño y de un sacerdote que, al parecer, jugaba con nosotros a ser juglar. Porque, en efecto, aquellos muros derruidos que encontré, bien podrían haber sido de cualquier construcción mucho más reciente, nada legendaria y, por supuesto, más prosaica, pero, sin embargo, yo supuse confirmaban lo que quise que dejase de ser una leyenda y pasase a ser Historia.

Con posterioridad, aquel relato, mítico por cuanto desvelaba los orígenes y por cuanto explicaba ciertas incógnitas (el porqué del nombre de "Villademor" y el porqué de la Mona), pasó a dormir en el rincón de los recuerdos de infancia y, con los años, de vez en cuando, martilleaba en mi memoria, con pertinacia al principio, pero cada vez con menos vigor y, por supuesto, con mucha menos credibilidad. Aquella historia, retrospectivamente considerada, me había parecido tan bonita precisamente porque no podía ser verdadera o, para decirlo de otra manera, era tanto más atractiva cuanto más tenía de imposible, tanto más seductora cuanto más mítica y falsaria se mostraba. Aquella historia, épica sin duda, no era más que un romance de ciego relatado en prosa e, ingenuo de mí, no me di cuenta de ello en aquel entonces.

Pasados algunos años, mozalbete ya, me tocó, más por necesidad que por suerte evidentemente, restaurar (parte de) la fachada de los Ordás y, subido a los andamios pude ver a unos centímetros de distancia aquel escudo que de niño tanto me había hechizado y que de mayor me seguía cautivando. Y tuve la ocasión de examinarlo, ahora ya sí, creía yo, con una metodología más científica y más propia de un arqueólogo profesional que el simple método observacional utilizado en la niñez con la supuesta muralla de San Millán. Así que, para dejar constancia de aquello, me serví de unos folios blancos que iba colocando encima de las letras y, con el grueso lápiz de carpintero que usábamos entonces, fui sombreando por encima toda la leyenda que ocupa la bordura del primer cuartel de aquel escudo, y ante mí iban apareciendo unos grafos, indescifrables al principio, y, precisamente por eso, más seductores y atrayentes. Llegué a casa, coloqué en orden los folios que previamente había numerado y he aquí que ya apareció el primer problema; aquello estaba en latín y había que traducirlo, pero la dificultad no era tanto que estuviese en latín, lengua de la que ya tenía algunos rudimentos, sino que no tenía ningún conocimiento de epigrafía y las letras venían enlazadas y encajadas unas en otras, de modo que había que conocer las palabras previamente antes de poder leerlas y, posteriormente, traducir el conjunto. Extraje a las  malas una primera aproximación. Me faltaba una o dos palabras por descifrar que, como siempre que falta algo en una traducción, parecían fundamentales para completar el sentido de la frase. En cualquier caso la frase que extraje, si no me traiciona la memoria, venía a decir algo así como: “Dum vir fortis armatus custodit [...]suum im paze sunt omnia que possidet”. A esta trascripción aproximada había añadido yo algunas letras o desinencias que a mi me parecía que faltaban o estaban implícitas pero que yo las necesitaba para que aquello dijese algo. No obstante había una palabra que se resistía y de la cual no había encontrado referente posible en latín. Así pues teniendo en cuenta mis limitaciones de aquella primera trascripción había sacado una traducción aproximada que venía a decir más o menos lo siguiente:“Mientras un varón valiente proteja armado su [casa], seguro está todo cuanto tiene”.

Esperé tiempos mejores, esperé a que mejorase mi latín, esperé, como se espera muchas veces, a que pase algo, a que pase alguien o, en cualquier caso, a que el tiempo pase, y paso a paso, de alguna forma se solucione el caso. En efecto, no hubo de transcurrir mucho tiempo para que sin buscarlas apareciesen nuevas luces sobre el problema. Pero he aquí que la solución no vino por mejorar mi latín, ese no ha mejorado nunca, sino al traducir para otros menesteres un texto griego del Evangelio de Lucas que es conocido por ser un fragmento muy controvertido. Bastó eso para hacer la asociación y darme cuenta de que el escudo citaba o parafraseaba, aunque sólo parcialmente, un versículo del Evangelio de Lucas que dice así: "ὅταν ὁ ἰσχυρὸς καθωπλισμένος φυλάσσῃ τὴν ἑαυτοῦ αὐλήν, ἐν εἰρήνῃ ἐστὶν τὰ ὑπάρχοντα αὐτοῦ·" (Luc. 11, 21) y que traducido viene a decir algo así como: "Cuando un [hombre] fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro". Después viene aquello de: "... más cuando uno más fuerte que él sobreviene y le vence, le quita toda su armadura en la que confiaba y reparte sus despojos. Quien no está conmigo, contra mí está; y el que conmigo no recoge, desparrama”. Siempre me han llamado la atención estas palabras, siempre las he interpretado como del Jesús histórico, pero no es este el lugar para comentarlas. Así pues nuestro escudo no hacía más que parafrasear un versículo de Lucas.

Sin embargo, las nuevas soluciones también trajeron nuevos problemas y nuevas preguntas ¿Por qué los Ordás habrían elegido ese lema para su escudo de armas? No soy experto en heráldica, ni en nada, pero no sé por qué me inclino a pensar que, precisamente por ser una cita bíblica, debe de ser un lema bastante generalizado en los escudos.

Era indudable que el sentido de la frase tal y como la había traducido en un principio no difería mucho de lo que dice la Vulgata: "Cum fortis armatus custodit atrium suum in pace sunt ea quae possidet": "Cuando un [hombre] fuerte bien armado guarda su palacio, seguros están sus bienes". Y era evidente también que fuese la palabra que fuese la que me faltaba, si se trataba de una cita más o menos literal, el sentido no iba a diferir mucho del que yo le había dado al principio. La palabra o palabras ausentes debían referirse a la vivienda, a la casa o a la hacienda que posee un hombre: "atrium" en latín o, "αὐλή" en griego. En conclusión, aquello quedó traducido de mala manera o al menos de una manera insegura, pero, así quedó.

Transcurrieron los años, el trabajo, la familia y la urgencia del vivir me han ido desviando cada vez más de aquella idea original de hacer un estudio general que incluyese la historia, la geografía, la sociología o la etnografía de Villademor. Proyecto a todas luces inviable para una sola persona, alguien no experto e indocto en historia y en lenguas clásicas y cuyo amor e interés por su pueblo, además, habían mermado un poco, aunque, a decir verdad, había mermado más lo segundo, el interés, que lo primero, el amor. Y sobre todo porque había aumentado el interés por otros temas que anegaron aquella primera inclinación que provenía ya de la infancia. Aquel proyecto tuvo que esperar, y esperar muchos años.

Pero he aquí que aparecen los recursos que brinda internet y un día me decido y veo conveniente presentar a mi pueblo y darlo a conocer incluso a aquellos que viven en él y que, curiosamente, algunos de ellos son los que menos lo conocen. Pero cuanto más veo necesario y urgente hacer un estudio riguroso sobre Villademor, más me cargo de trabajo que me imposibilita hacer algo digno y meritorio. ¿Qué es lo que al final decidí hacer? ¿Que es lo que pretendo? Ir elaborando esta web, ir redactándola a ratos perdidos para, algún día, cuando esté medianamente completa, colgarla. Y... aquí está, ha llegado el tiempo en el que ya tiene cuerpo, algo se puede mostrar de ella aunque falten otras muchas cosas. Aquí está, pues, este trabajo en ciernes. Por supuesto no es un trabajo acabado, sino que está y estará con toda seguridad siempre "in fieri", es decir, haciéndose. Pero la finalidad principal está muy clara: se trata de presentar al mundo global, al mundo globalizado, un pueblo singular y sin par, mi pueblo: Villademor de la Vega (León, España) y, a la vez, con esto, se trata también de conocerlo más y de darlo a conocer mejor. Así entonces, serán tanto mis paisanos como los foráneos los encargados de juzgar lo que he escrito y lo que iré escribiendo. A la vez servirá para que entremos en contacto unos y otros, para que intercambiemos información y datos, aprendamos unos de otros y podamos mejorar el conocimiento que tenemos de nuestro pequeño gran pueblo.

Un saludo, pues, a todos aquellos que visiten esta web, que no es más que una forma de reconocer lo mucho que amo aquel pueblo que me vio nacer, y a sus gentes, que con toda seguridad me recuerdan menos que yo a ellos. Y un saludo  también a todos aquellos que, como yo, se vieron en la obligación de marchar y, sobre todo, a aquellos que no han vuelto o no han podido volver. ¿Qué fue de todos aquellos que se fueron, no ya para Bilbao o Asturias, la mayoría por cierto, y que, sin duda, han podido volver con sus hijos y sus nietos a reconstruir la casa de sus padres o abuelos? ¿Qué fue, decía, sobre todo, de aquellos que se fueron más lejos, a Granada, a Madrid, a Sevilla, a Alemania, a Suiza o incluso a ultramar? Sé que hay villadermorenses, en Granada, en Gerona, que pueden acercarse con más o menos frecuencia, pero también los hay en Cuba, en Argentina o en México que no han vuelto y que quizá, algunos, no vuelvan jamás. Incluso creo que es peor aún la situación de aquellos que sin estar muy lejos ya no vuelven, no por la distancia física, sino por la falta de arraigo, porque ya no les queda familia ni heredad en el pueblo. A todos ellos, a aquellos y a éstos, dedico esta web, para que puedan recorrer las calles tal y como están en la actualidad, para que tengan a su alcance su historia, su pasado, que es el de ellos también, su presente en el que ellos, aunque desde la lejanía, permanecen, y su porvenir, que habremos de hacerlo entre todos muy prometedor, porque tanto ellos como nosotros, todos los allí nacidos, seguimos siendo el futuro de nuestro pueblo.

Salvador Centeno Prieto

Oviedo, Asturias.

Enero de 2013

 

Nada permanece como la tierra

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